Cuando pisas tierra dominicana, *se abre la compuerta del avión*, sales y lo primero que se encuentran son tus oídos y el sonido de las tamboras de un merenguito o de la guitarra de una “bachatica bien entoná”, – como dice el buen dominicano -. Es que el aire trae consigo la alegría de todo un pueblo. Ahí te das cuenta que has llegado a La República Dominicana.

¡Bienvenido! Te dicen los brazos abiertos de todo el que te ve por primera vez, un “bienvenido” que solo busca una sonrisa a cambio. Aunque no anuncies tu llegada, te esperan las miradas más puras del Caribe. Muchísimas caras que, aunque son desconocidas, te resultarán increíblemente familiares. ¿Turista? Para nada… El que va a R.D. se convierte en uno de ellos.

Dominicana es una pequeña isla con millones de sonrisas. Fresca y cálida a la misma vez. La pregunta clave es, ¿Será que el sol le pone especial cariño a esta tierra? Rodeada de agua salada y corrientes de agua dulce que van desde su corazón, hasta los rincones más escondidos. La República Dominicana es rica en música alegre y divertida, rica en colores en tonos de verdes y azules, tan vivos que embelesan a quien se atreve a admirarlos. 

Los dominicanos viven despreocupados, en libertad y saben la dicha que tienen de haber nacido en tan hermoso pedacito del mundo. Desde Santo Domingo, la primera ciudad de América, a Pedernales en el Sur profundo. Desde Puerto Plata en el Norte, hasta Punta Cana en el Este o a Santiago en su corazón, la República Dominicana es una joya en el Caribe. Por ejemplo, si visitas la península de Samaná, al Noreste del país, disfrutarás de hermosas playas y a tan solo 30 minutos de estas, encontrarás los saltos de agua dulce más encantadores. En Quisqueya, – Madre de las Tierras -, como la llamaban los indígenas Taínos, está todo lo que se necesita para llenar el alma.

La tierra del eterno verano es un encanto para todos los sentidos. Refresca tus ojos con los más bellos amaneceres, cuando el sol se refleja en el agua del mar y los más hermosos atardeceres, cuando el cielo se pinta de naranjas y rosas. Nada como cuando la línea del horizonte divide el azul del mar y el azul del cielo. Sumérgete en olas que te cantan al oído, que te acogen y te salan la piel. Respira… Son olas que te llevan al ritmo de la esencia tropical. 

Cada día que pasa te vas enamorando más y más, del clima tan complaciente, de la amabilidad de todos, de la comida tan suculenta, colorida, surtida y gustosa, de la música que te hace mover todo el esqueleto. De los momentos de tranquilidad y de aventura. 

Qué bella es Quisqueya, que se queda allí esperando a que la visiten y da todo lo mejor de sí. Tan fácil que fue llegar y tan difícil que es partir. 

“Te esperamos pronto” te dirán todos al despedirse, teniendo por seguro que volverás.